Blog personal de cuentos y relatos escritos por mi
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Vivir donde nunca amanece es lo más próximo a la muerte

Una de las últimas discusiones que recuerdo haber visto entre mis padres fue a causa de los colores y los motivos que debía tener la vidriera que habían planeado instalar en el rellano de la escalera. Mi padre quería elegir un modelo de formas geométricas en dos colores, tres como máximo, y a la vez mi madre se inclinaba por un modelo algo más complejo, dos flores que según ella eran orquídeas pero que a mí ni de lejos me recordaban a las verdaderas orquídeas, modelo que según el dependiente de la cristalería era muy elegante, algo muy propio de mi madre, y que yo, personalmente, no habría elegido si me hubieran preguntado pero no es que me pareciera realmente feo, ese era su gusto y yo no lo discutía, mientras que el de mi padre me parecía carecer totalmente de gusto, no es que fuera su gusto ni bueno ni malo, sino que era un modelo de tal sosería que no podía suscitar la menor emoción, al que no se le podían aplicar más que adjetivos que no implicaran ninguna valoración estética. Finalmente no eligieron ni un modelo ni otro, sino uno que les sugirió el dependiente, algo que supuso que les complacería a los dos pero que ellos eligieron por no discutir más y también por no ceder a las preferencias del otro, si bien no mostraron su arrepentimiento por haberlo elegido hasta que la vidriera estuvo pagada e instalada.

La idea de instalar una vidriera estaba sin duda extraída de una de las revistas de decoración que mis padres acumulaban mes a mes y que yo creo que solían comprar para crearse la ilusión de que realmente existían casas perfectas en alguna de las cuales tal vez podríamos vivir algún día pero a las que nuestra casa no podría parecerse nunca. Desde hace tantos años que ya apenas recuerdo la casa anterior en que viví y que no sé si, tal como me dio por pensar, era mejor que ésta en que vivimos ahora, hemos vivido en una vivienda adosada a otras dos casas, una a cada lado, casa-sandwich como la solía llamar mi padre cuando aún se permitía hacer bromas, de forma que sólo tiene ventanas en la fachada delantera y en la trasera, y así los pasillos intermedios no reciben más que la luz residual que se filtra de las habitaciones, que cuentan con una ventana estrecha y alargada cada una menos el salón, que tiene ventana y media. A mis padres se les ocurrió instalar la vidriera para reducir un poco la falta permanente de luz natural de la escalera, y como una lámpara no les parecía suficiente decidieron colocar la vidriera con una potente bombilla tras ella que proporcionara la sensación de tener ahí instalada una verdadera ventana, e incluso yo quise creer que así tendríamos nuestro sol particular. Dado que la fachada principal daba al norte, ninguna de las escasas ventanas de que disponía nuestra casa recogió nunca un amanecer. Cuando mis padres instalaron la vidriera, yo me fijé bien en que su ubicación era la de la pared este de la casa, así que esa era la ventana que debía recibir al alba. Sin embargo, por más que lo intenté, por más esfuerzos que hice por creerlo, no conseguí hacerme a la ilusión que una bombilla de 100 vatios pudiera ser realmente un sol. Empecé a obsesionarme entonces con la idea de que desde aquella ventana algún día llegaría a ver un verdadero amanecer sin que lo emulara una bombilla.

Desde que la vidriera fue instalada, mis padres cada vez discutían menos, pero quizá por que disponían de menos tiempo cada día que pasaba, pues yo noté como sus jornadas laborales se iban alargando más y más, hasta que un día mi padre no se presentó a la hora de la cena y ni a mi hermano ni a mí nos extrañó. Al día siguiente fue mi madre quien no vino a la hora de comer y tampoco nos extrañó. Y llegó un día en que mi padre no vino a comer ni a cenar ni a dormir ni a desayunar ni a comer ni a cenar ni a dormir, y a nadie se le ocurrió hacer preguntas. Al poco tiempo, la jornada de mi madre volvió a ser como había sido antes, pero no así la de mi padre, a quien ya raramente hemos vuelto a ver por casa, sin que a nadie le haya extrañado nada más que la sensación de alivio que desde entonces irradia nuestra madre. Y yo he seguido esperando ver amanecer a través de la vidriera, creyendo que eso es lo único seguro que algún día nos habrá de ocurrir… pero me temo que ya no puedo ni imaginar.

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Algo más que un cuarto compartido

En mi primer año de Universidad, tuve como compañera de cuarto en la residencia a la que me habían enviado mis padres a una muchacha que iba a clase por las tardes mientras que yo iba por las mañanas, de modo que no nos veíamos mucho. Solamente coincidíamos a la hora de la cena y cuando nos íbamos a acostar, por lo que no teníamos muchas oportunidades de entablar conversación, ya que además yo no pasaba los fines de semana en la residencia como casi todas las demás, y pese a compartir cuarto, no nos animábamos a hablar más que de los temas comunes, de dónde era cada una, cómo nos iban las clases, en fin, ese tipo de cosas de las que se suele hablar para no comprometerse demasiado. Además, ella parecía ser una chica más bien introvertida, y por las noches, antes de apagar la luz prefería, en lugar de hablar con nadie, dedicarse a escribir (y borrar, borraba casi con furia por tener que borrar) en un enorme cuaderno de pastas duras que yo supuse que sería su diario, pero que en la única ocasión en que me atreví a preguntarle por él me contestó que aquello era “cosas suyas”. Establecimos así una rutina que se prolongó hasta la primavera, en la que cada día que pasaba hacía más improbable que entre nosotras se estableciera una comunicación fluida, limitándonos a coexistir en nuestro pequeño espacio. Sin embargo, un día de marzo, cuando ya llevábamos prácticamente cinco meses compartiendo cuarto, al volver de clase encontré pegada en la puerta del armario una nota adhesiva que ponía lo siguiente: “A veces sueño que me cuesta mucho despertar”. Confieso que aquello me dejó aturdida. ¿Estaría destinada la nota a mí? Ninguna otra persona pasaba por nuestro cuarto, aparte de la limpiadora dos veces por semana, y además aquel día no tocaba. ¿Le importaría que la leyera? Si le importara, no la habría dejado en un lugar tan visible. Sin saber cómo ni por qué, me vi cogiendo la nota y escribiendo debajo de sus palabras, que por el trazo debían haber sido escritas a vuelapluma: “Yo a veces sueño que vuelo sin alas”, y volví a dejar la nota en el sitio en que estaba. Aquella noche, cuando nos fuimos a acostar, yo hubiera preferido que fuera ella la que comentara lo de la nota, pero no dijo nada a pesar de que forzosamente tenía que haberla visto, así que yo también me callé. Al día siguiente, cuando llegué a mi cuarto miré al armario y vi que allí, debajo de la nota inicial, había otra escrita con letras estrechas para que todo cupiera y aún quedara espacio, pero letras hermosamente ajustadas a su pequeña dimensión, nudosas pero legibles: “Cuando sueño que no puedo despertar, es porque tengo la plena conciencia de no estar despierta, lo que me causa angustia al no poder alcanzar la vigilia completa, quedando encerrada en las tinieblas de una pesadilla”. Cogí la nota y garabetée ansiosamente: “Cuando sueño que vuelo, al abrir los ojos me pregunto “¿Habrá sido un sueño?”, pero entonces echo otra vez a volar”. Aquella noche, cuando volvió de la ducha, yo ya estaba echada en mi cama, leyendo un libro. Silenciosa como siempre, la vi leerla y volver el rostro hacía mí para sonreirme por primera vez. A partir de aquel día, adoptamos la costumbre de dejar todos los días una nota para que la otra contestara y que no dejamos de escribir ni un solo día a lo largo de los meses siguientes, notas que nos permitieron saber más cosas la una de la otra de lo que nos hubiéramos atrevido a contarnos oralmente, o que a mí por lo menos no se me hubiera ocurrido comentar, y algunas eran auténticas confidencias que de otro modo no habríamos sabido compartir, otras eran anécdotas que seguramente a otras personas les habrían aburrido. “Mi abuela materna nunca quiso venir a visitarnos porque le aterraban las alturas y nosotros vivíamos en un quinto piso”, y yo le contestaba “Mi abuelo solía pasarse las horas muertas sentado en el patio cantando canciones que yo no entendía”, y ella “Mi abuela murió sin haber visto nunca mi ciudad a mayor altura que la de una primera planta”. “A los quince años me enamoré de un profesor”, y yo “Mi primer amor fue el primer muchacho que conocí al empezar la escuela”, y ella “Con tal de hablar con él, no hacía más que discutirle todo lo que explicaba en clase”. Aquel verano, cuando nos separamos, eché de menos sus notas. Yo volví en septiembre a la misma residencia, pero ella no. Y yo, con la nueva compañera de cuarto que me asignaron aquel curso intenté continuar esa costumbre, pero ella no me respondía, y un día me pidió que hiciera el favor de ordenar mi parte del cuarto y dejara de colgar notitas, pues nunca las quiso leer. Y yo eché aún más de menos a mi anterior compañera, consciente de que había entablado con ella la amistad menos convencional que he tenido nunca.